domingo, 18 de mayo de 2014

Carta para... (Relato)


La mujer se sentó a la mesa de la cocina para revisar el correo del día. Como de costumbre, había facturas, promociones, revistas, más promociones. Iba pasándolas rápidamente, sin prestarles mayor atención, hasta que un sobre de color blanco llamó su atención. Tenía su nombre escrito en él, pero lo curioso era la letra que se utilizó, ya que los trazos eran propios de un niño. 

Dejó el resto de la correspondencia sobre la mesa y sostuvo el sobre entre sus manos, dándole vueltas. Era de un color blanco muy intenso,  pero no estaba sucio o arrugado, como siempre llegaba del correo. No tenía remitente, sólo su nombre escrito con esa letra tan particular.

Algo en su interior la hizo sobresaltarse. Se sintió nerviosa, temerosa y puso la carta sobre la mesa. Ella no tenía hijos ni sobrinos, ni conocía ningún pequeño que se la pudiera haber enviado. Además, cómo podía haber llegado a su apartado de correo, si no tenía estampillas ni recibos postales de ninguna clase.

Volvió a tomar el sobre entre sus manos y lo giró entre ellas, pero sin abrirlo, tratando de adivinar a quien pertenecía. Lo acercó a su cara y le llamó la atención el suave perfume que emanaba de él. No recordaba haber sentido una fragancia similar, la cual le dio el valor para abrirlo. Lo hizo lentamente y con mucho cuidado para no romperlo. Apenas había empezado, cuando la cubierta se desprendió, como si nunca hubiera estado pegada. Lo abrió con cuidado y sacó la carta que se encontraba adentro.

Puso el sobre a un lado y tomó las dos hojas que había en este. Las desdobló cuidadosamente y observó que estaban escritas a lápiz, en letra grande, igual a la del sobre, pero muy ordenada. Dirigió su mirada a la primera línea y comenzó a leer:

"Hola

Debes estar preguntándote quién te escribió esta carta. Bueno, es entendible, han pasado varios años. Ya te lo diré, por si no lo has adivinado. ¿Desde dónde te estoy escribiendo? También lo sabrás muy pronto. ¿Por qué te escribo? Eso te lo voy a explicar ahorita mismo, pero primero quiero decirte que estoy en un lugar que no te puedo describir, pues no conozco las palabras para hacerlo. Sólo puedo decirte que es el lugar más hermoso que te puedas imaginar: las flores nunca se marchitan, la brisa siempre sopla suavemente, los pájaros entonan los más bellos cantos, el sol brilla en lo alto y nunca hace mucho calor o mucho frío, la hierba es siempre verde y jamás crece más allá de lo que a uno le gusta y lo mejor de todo, no existe la muerte, ni el dolor, ni la enfermedad, aunque estas últimas cosas no sé que significan, pero me han contado que existen allí donde tu vives.

Creo que ya te habrás imaginado de donde te escribo, ahora te diré por qué lo hago.

Como sabes, yo morí antes de tiempo. Esto no significa que morí antes del momento que me correspondía, sino que morí incluso antes de conocer siquiera el tiempo. Cuando eso sucedió, desperté en este lugar,  pero no tenía miedo alguno, aunque tampoco sé que es el miedo, pues aquí eso no existe. Junto a mí despertaron muchos otros niños que también murieron antes de tiempo, pero ninguno sabía donde estábamos,  aunque sentíamos que pertenecíamos a este lugar. Fue cuando conocimos al dueño de este hermoso sitio y nos dijo que era nuestro Padre del cielo.  Él nos explicó que había sucedido. Nos enteramos que nuestros padres de la tierra no nos quisieron, pero que era porque no nos habían conocido. Nuestro Padre del cielo nos dijo que Él sí nos quería y que nos amaba muchísimo desde siempre. Nos contó como antes de nacer nos quitaron la vida sin tener culpa de nada y sin siquiera decirnos por qué lo hacían,  simplemente no nos querían con ellos y nos eliminaron de sus vidas.  Nos explicó muchas cosas más que no te puedo contar, pues como te dije,  aquí no existe el dolor ni la tristeza, ni la enfermedad ni la muerte, por lo que somos muy felices. Tal vez pienses que es mejor para mí no haberlas sufrido, pero eso es algo que nunca sabremos. 

En fin, ahora vivo aquí y tengo muchos amigos. Aquí hemos aprendido muchos juegos y nunca nos cansamos de jugarlos, pero el que más nos gusta es el de: ¿qué íbamos a ser en la vida? Algunos de mis amigos iban a ser doctores, astronautas, ingenieros, recolectores de basura, abogados, futbolistas, enfermeras, choferes de taxi, maestros, bueno, muchísimas cosas. Mientras jugamos, nos enteramos que algunos tenían misiones muy especiales, pues iban con regalos que Dios enviaba a las personas de la tierra. Uno descubriría la cura contra una terrible enfermedad que llaman cáncer. Otro sería un gran líder que llevaría la paz a muchas naciones. Otro resolvería como alimentar a todos los niños hambrientos del mundo, otro enseñaría a las personas como salvar el medio ambiente. También habían unos que tendrían alguna discapacidad o enfermedad, pero Dios nos dijo que él tenía un propósito hasta para esas cosas que la gente llama malas. Bueno, eran muchas cosas especiales, pero la humanidad las rechazó. ¿Sabes por qué nos encanta este juego? Porque no sabemos que significan,  así que nos gusta imaginarlas.

Pero si te escribo no es para hablarte de mí, sino por dos razones. En primer lugar, para decirte que te amo. Si, te amo, pues no sé que es el odio, aquí no existe pero lo he oído nombrar y me han dicho que es algo muy feo. La segunda razón es porque Dios está muy triste. Resulta que un día que estábamos jugando, lo vi sentado a la orilla de un hermoso árbol y me pareció que no tenía la cara alegre de siempre. Entonces me acerqué y le pregunté por qué estaba triste y me dijo que era porque la humanidad estaba haciendo cosas que a Él le desagradaban, pero principalmente porque mi mamá había hecho algo muy malo y, aunque ella le decía a todos que no le importaba lo que pensaran de ella, que no tenía que pedir perdón, que fue una decisión de la que sólo ella era responsable, que tenía el derecho de tomarla, que era su cuerpo y muchas otras cosas más, pero en el fondo, cuando estaba sola y nadie la miraba, lloraba y ella no sabía por qué se sentía así. Fue cuando se me ocurrió una idea, y le pedí permiso para escribirte y explicarte porque te sentías así. Él me preguntó que si yo haría eso por mi madre y le dije que sí, pues sé que si no pides perdón ni te perdonas por lo que me hiciste, nunca podré llegar a conocerte ni enseñarte todas las cosas lindas de este lugar. 

Es por esto que estás leyendo esta carta, pero no quiero quitarte más tiempo, sólo quiero decirte que te amo y que espero conocerte algún día. 

Se despide de ti con mucho cariño, 

Tu hijo"

La mujer levantó la vista de la carta, la cual temblaba entre sus manos y comenzó a llorar, pues hasta ese momento comprendía lo que había hecho.

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Otros títulos de Victor Roswell:

El canto de los quetzales 
The Song of the Quetzal
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Carta para...
De Frankenstein a los Estados Unidos de América
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