miércoles, 4 de marzo de 2015

La tumba (Relato)


Habían transcurrido muchos años desde aquella catástrofe que arrasó con casi toda la humanidad.  ¿Error humano, furia de la naturaleza o un acto de Dios?  Tal vez fue un poco de los tres.  Tanto tiempo había pasado, que de los pocos que quedaron con vida, ninguno sabía con certeza lo que había ocurrido, de hecho casi nadie pensaba en ello, sobrevivir era lo único que ocupaba sus pensamientos.

Era en aquella soledad y desolación donde un viento seco recorría una árida y extensa planicie, levantando grandes polvaredas a su paso, como si buscara algo, tal vez el hermoso y vibrante canto que antaño provocaba al atravesar las copas de los árboles que antes habitaban aquella región; cada especie de árbol, por cuyas ramas se escurría, emitía su propia canción, cuyos tonos eran diferentes según la época del año.  Incluso las pequeñas plantas, y hasta la más insignificante hierba, participaban con suaves sonidos que antes no notaba y que ahora extrañaba con dolor, como si una gran tristeza se hubiera apoderado de él por aquello que había desaparecido, que había sido olvidado. 

Pero ahora no había la menor señal de vida y sólo se escuchaba el triste repiqueteo de las pequeñas piedras que parecían huir a su paso.  Por su parte, las grandes rocas se mantenían orgullosas como desafiando aquel atrevido viento.  De pronto escuchó algo diferente y acudió presuroso al lugar de donde provenía, pero rápidamente se desilusionó y continuó su interminable búsqueda. 

El sonido lo producían las palas de dos hombres que excavaban aquel terreno.  Sacaban tierra de un hueco y la tiraban a un lado, formando un montículo similar a los miles que se extendían alrededor de ellos.

Ambos eran toscos y de vestimenta andrajosa.  Cavaban en silencio, mientras el sol en lo alto calentaba su piel.  De pronto, el más delgado de ellos se detuvo y enderezó su espalda; secó con su sucia mano una gota de sudor que resbalaba por su rostro, pero la nueva mancha ni se notó en su mugrienta piel, que impedía ver que era el más joven de los dos.  Su mirada recorrió aquel campo, para detenerse en el hueco donde se encontraba.  Luego de unos instantes, con la mirada fija en su compañero, que continuaba cavando sin la menor seña de cansancio o queja, le preguntó:

—¿A quién crees que encontraremos hoy?

El otro, sin detenerse ni inmutarse contestó:

—¿Cómo quieres que lo sepa?

—Simplemente me preguntaba a quién encontraríamos hoy.  ¿Qué escoges, hombre o mujer?

—¿Qué importa si es hombre o mujer? 

—Cierto, ¿pero acaso nunca te preguntas quién pudo haber sido?  Tal vez estamos cavando sobre la tumba de alguien muy importante…

—O tal vez fue un desgraciado que pasó por la vida sin pena ni gloria —le interrumpió el otro—.  Murió hace muchísimos años y ya nadie le recuerda.  Lo único que importa es que tenga algo valioso.

—Nuevamente estás en lo cierto, pero no por ello dejo de preguntarme qué fue de la vida de esa persona.  ¿Sería feliz? ¿Tuvo mucho dinero, riquezas, poder? ¿Moriría por causas naturales o en la catástrofe? ¿Conocería el fin de sus días en su juventud o en su ancianidad? ¿Cómo habrá sido cuando niño? ¿Habrá tenido hijos y nietos? ...

El hombre que cavaba detuvo su faena y se enderezó para mirar a su compañero, enterró su pala en la tierra y entre molesto y curioso contestó:

—Hace mucho tiempo dejé de hacerme preguntas a las que no encontraría respuesta, pues la forma de averiguarlo se perdió.  Ahora lo que queda son huesos, excremento de gusano y telas tan carcomidas que ya no se sabe si eran de hombre o mujer…

Su compañero, que pareció no oír parte de lo que dijo, preguntó:

—¿Qué clase de preguntas te hacías?

El hombre más viejo hizo una pausa, como sin saber si continuar con su trabajo o contestarle.  Miró primero el hueco en el que ahora descansaba su pala, luego levantó la vista hacia el campo que se extendía ante ellos y por fin se decidió por lo último, pues así tal vez su compañero lo dejaría cavar en paz.

—Usualmente me hacía las mismas preguntas que tú te haces ahora. Pero también me preguntaba si fue alguien a quien amaron u odiaron; si su vida tuvo sentido o fue de alguna manera como la nuestra; quiénes fueron las personas que le rodearon, si trabajó o vegetó y si creyó o no en Dios.

Ambos hicieron silencio por un momento que sólo fue roto por unas cuantas piedrecillas que se movieron al paso del viento.  Luego el que estaba hablando,  continuó:

—Otras veces simplemente divagaba en cómo se ganó la vida.  Tal vez curaba enfermos, construía casas y edificios,  enseñaba a otros.  Tal vez su campo era el de las leyes —al decir esto escupió al suelo—, hizo grandes negocios, manejó máquinas, conoció de animales y plantas que nosotros no podemos ni imaginar.  Puede que su sabiduría estuviera en observar los cielos...

—...o los mares —siguió su compañero terminando la frase, como si de algún modo pudiera ver lo que le oía decir.  Él otro sonrió, pero su sonrisa apenas fue visible por unos instantes, luego siguió—.  Puede que la música, la pintura o la escultura fueran su pasión o simplemente era el quehacer diario.  De pronto su inclinación fue desentrañar los misterios de la matemática, física y ciencias o simplemente la política —en esta ocasión ambos escupieron en el suelo.

El hombre más robusto miró a su alrededor y dijo:

—Puede que simplemente trabajara en una institución, que mandara o que recibiera órdenes, que pusiera disciplina donde estuviera o...

Iba a agregar algo más, pero de pronto calló.  Su compañero lo miró instándolo a terminar, por lo que concluyó diciendo:

—O que la guerra fuera su forma de vida.

Ambos se miraron e hicieron silencio nuevamente.  El hombre que había hablado tomó su pala y siguió cavando, el otro lo miró e hizo lo mismo.  En eso oyeron como la pala del hombre viejo chocó con algo duro.  Rápidamente la puso en el suelo y con las manos apartó la tierra, de la cual extrajo un cráneo blanco y viejo.  Lo limpió cuidadosamente con la manga de su chaqueta y mirándolo por unos instantes le preguntó entre dientes:

—¿Quién fuiste?

Luego, con mucha delicadeza, lo puso a un lado y ambos continuaron cavando.

*****

Nunca sabrían aquellos hombres que el cráneo te perteneció a ti que acabas de leer esta historia.


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Otros títulos de Victor Roswell:

El canto de los quetzales 
The Song of the Quetzal
El ocaso del Águila
Carta para...
De Frankenstein a los Estados Unidos de América
El cocinero de Casa Presidencial
La epidemia
Un mal momento
La tumba
Cambio climático. Un reto. Una propuesta radical. Una gran oportunidad. 
La nave espacial
¿Quién será recordado? 
La barca 
La Dama Triste 

jueves, 1 de enero de 2015

Un mal momento (Relato)


La noche estaba muy oscura. La llovizna había desaparecido dando paso a una fuerte lluvia. Era más difícil conducir y, aunque las luces de la calle alumbraban la carretera, le parecía que estaba prácticamente de color negro, o tal vez era dentro de su mente y de su alma donde residía esa oscuridad, pero no se percataba de ello. Unas lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas, pero apenas las notaba.

Comenzó a acelerar su auto. La carretera, de cuatro carriles, dos para entrar a la ciudad y dos para salir de ella separados por un muro de contención al centro, estaba completamente desierta. En ese momento, recorría una recta bastante larga. Los haces de las luces de las lámparas que iluminaban débilmente la vía, comenzaron a caer más rápido sobre su automóvil que seguía aumentando la velocidad, esto lo obligó a guiarse mecánicamente por el muro que dividía la carretera, ya que su mente estaba ocupada con esos tristes pensamientos que absorbían toda su atención.

Lo que lo inspiraba a acelerar no era el afán de peligro y el riesgo de la velocidad que antes buscara, sino el deseo de huir, como si de esa manera pudiera dejar atrás sus pensamientos, pero no servía. Entonces, algo en su interior lo impulsó a terminar con todo. Era una pequeña voz casi imperceptible: le decía que lo que tenía no era vida y la única solución que le quedaba era terminar con ella.

Una leve sonrisa, más parecida a una mueca, se dibujó en su rostro. Sí, debía de terminar con todo, como si de pronto esa fuera la respuesta que tanto buscara. Fue una idea fugaz que cruzaba su mente y lo obligaba acelerar. El vehículo iba cada vez más rápido. Sintió entonces cómo las lágrimas llenaban sus ojos y este hecho lo perturbó, sabía que se estaba compadeciendo de sí mismo; él, que nunca antes había tenido compasión de nadie; él, el gran abogado que siempre había tenido control sobre todo; él, el hombre de negocios al que muchos temían; él, el poderoso hombre que siempre había tenido el mundo en la palma de su mano sentía lástima de sí mismo y esto no lo podía aceptar, por un momento hundió el rostro entre sus brazos y dio rienda suelta al llanto.
 
En ese momento, el automóvil alcanzó una velocidad peligrosa. Levantó la mirada y visualizó de nuevo la carretera y dónde se encontraba; se dio inmediatamente cuenta del riesgo que corría. 
   
Durante un instante por su mente había cruzado la idea de terminar con todo, pero el pensamiento había desaparecido tan rápido como se le había ocurrido. No sabía cómo había llegado a esa situación, pero de lo que sí se daba cuenta era de que si no detenía el vehículo lo antes posible, se iba a matar; así que tomó firmemente el volante, quitó el pie del acelerador, pero no frenó, era peligroso porque la carretera estaba mojada y el automóvil podía derrapar en cualquier dirección. Sin embargo fue una decisión tomada demasiado tarde, porque, en ese preciso momento, la recta sobre la que venía terminaba y comenzaba una curva bastante pronunciada hacia la derecha. Trató de girar el automóvil siguiendo la curvatura de la carretera, pero llevaba demasiada velocidad, lo que lo hacía dirigirse hacia la izquierda, y al no poder evitarlo, instintivamente frenó y perdió todo el control sobre el vehículo, provocó que éste resbalara y chocara directamente contra el muro que lo rechazó con la misma fuerza del impacto recibido y lo envió en dirección contraria.
           
Recibió un fuerte golpe en la cabeza así como en su costado izquierdo, pero no perdió el conocimiento y vio cómo se dirigía en dirección de las barreras de protección que se encontraban en el otro extremo de la vía. Cerró los ojos sujetándose fuertemente del volante. Hubo un nuevo impacto, pero esta vez el vehículo no fue rechazado, sino que atravesó las barreras de metal que se arrugaron como si fueran cartón. Avanzó un par de metros, sintió de pronto como si estuviera en el aire durante un breve lapso y,  por último, un golpe en seco.  

Después de esto, todo se volvió negro.

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Otros títulos de Victor Roswell:

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De Frankenstein a los Estados Unidos de América
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