viernes, 26 de septiembre de 2014

La epidemia (Relato)


Una de las tantas organizaciones de salud que existen, acaba de publicar un informe realmente alarmante: existe una epidemia y pocos parecen darse cuenta de su gravedad.  

Aun no hay seguridad si es producto del mosquito "mentalis atrofius" o de la bacteria "totalis imbecilus". Lo que sí es cierto es que ambos producen los mismos efectos: se pierde la capacidad de comprender y actuar racionalmente, a tal punto que se entra en una especie de locura colectiva, que provoca que la gente actúe a la inversa de lo que la lógica indica.

¿Cómo a la inversa?

Te lo voy a explicar.

En un país de cuyo nombre me acuerdo pero no quiero mencionar, se ha detectado que la enfermedad está latente en muchas áreas, principalmente en la clase política y judicial. Te contaré de ellas más adelante, pero primero te hablaré con un ejemplo, uno que demuestra que esta epidemia efectivamente existe, uno que es un fiel reflejo de la sociedad del que alguna vez fue un hermoso y pacífico país. Y te cuento de este caso en particular porque produce en promedio una muerte diaria sin distingo de edad, sexo, raza, religión, educación, estrato social, seguidor de equipo de fútbol, color político, etc., incluso familias enteras han fallecido al mismo tiempo por culpa de esta terrible enfermedad.

Se ha detectado que esta epidemia ha infectado a los conductores de vehículos.

¿A los conductores de vehículos?

Así es. Como sabrás, existen leyes de tránsito para ordenar el tráfico vehicular. Pues bien, como mencioné arriba, esta enfermedad provoca que las personas pierdan la capacidad de comprender y más bien conducen en las carreteras como si fuera un campo de batalla. Por ejemplo: una luz roja en el semáforo es señal para detenerse, ¿Cierto? Pues no. En este país puedes observar como irrespetar una luz roja es casi un deporte nacional, con las mortales consecuencias que acarrea tal imprudencia.

Por su parte, los motociclistas andan por el carril contrario como si fuera el propio o sobre la línea en mitad de la calle que divide ambas vías si las presas les impiden lo primero, en ocasiones sin casco, en otras con uno de bicicleta o de baseball.

Aunado a lo anterior, una motocicleta, que es un vehículo diseñado para un máximo de dos personas, se puede encontrar que se montan tres e incluso una cuarta persona si esta es un bebé de días de nacido. 

En lugares dónde se indica que es prohibido virar a la izquierda, la gente pareciera entender que es una obligación girar en esa dirección aunque no tenga necesidad; si hay prohibición de parquearse, se entiende como una señal de estacionamiento, especialmente sobre las aceras; si es prohibido adelantar en curva, es como si fuera el único lugar para rebasar, eso sí, pisando el acelerador al máximo, usualmente en vehículos que no están en regla o modelos viejos. Para agravar lo anterior, todo ello hablando por teléfono, leyendo y enviando mensajes de texto, revisando el último chisme en Facebook o la red social de moda.

Quien escribe estas palabras ha sido testigo de ello y no miente. De hecho no necesito mentir, ya que si eres de ese país o algún día pasas por ahí, con salir a la calle sabrás que mis palabras son ciertas. Eso sí, ¡cuidado de los conductores!, pues el ser testigo de esa epidemia, aunque no te contagie, puede convertirte en una de las tantas fatalidades que sus efectos produce. 

Pero prosigamos.

Sin embargo, esta terrible enfermedad no se restringe únicamente a los conductores. En este país también ha afectado a los órganos encargados de la infraestructura vial. Algunos teorizan que la epidemia agrava la corrupción, otros que la negligencia, y unos cuantos, con los que coincido, que es una nefasta combinación de ambas, que acentúa el egoísmo personal en que no importa pasarle por encima a los demás mientras uno salga beneficiado, sin comprender que toda esta locura se volverá contra nosotros, tal y como ya sucede. ¿Miento? Te daré una pincelada: calles mal hechas, sin demarcaciones, llenas de huecos, con arreglos que no soportan un invierno; urgentes ampliaciones de vías que no se hacen; puentes que duran años en reparar y cuando lo hacen mal; despilfarrando grandes cantidades de dinero que el país no tiene, porque eso sí, lo importante es pagar por algo que no sirve.

¿Podrías pensar que al menos esto impide que anden a alta velocidad? Todo lo contrario. A pesar del mal estado de las carreteras, muchas personas piensan que se encuentran en pistas de Fórmula 1 (incluyo los vehículos de transporte pesado), razón por la que en ocasiones se producen accidentes tan violentos que las víctimas quedan irreconocibles.

Aunado a lo anterior, cada día entran al país más y más y más vehículos, que consumen más y más y más combustible, porque es imposible restringir el ingreso, ya que sería violentar la libertad de comercio aunque nos esté matando. Es como si tuvieras un saco en el que metieras piedras sin importarte que se vaya rompiendo, lo único importante es continuar llenando el saco.

Bueno, ya vas entendiendo porqué hay un promedio de una muerte diaria en carreteras. Tal vez para tu sorpresa es que no haya más muertos. Te tengo malas noticias, ese promedio, producto de esta epidemia, va en un aumento.

Ahora bien, como te dije al inicio, la epidemia está presente principalmente en la clase política y judicial. Los encargados de dirigir los destinos del país más parecen conductores en estado de ebriedad y bajo la influencia de alguna droga alucinante que líderes preocupados por los ciudadanos. Los miembros del poder encargado de legislar, cómo casi nunca lo hacen, se ocupan entonces de juzgar y aquellos encargados de juzgar e interpretar las leyes, más parecen que aprovechan su labor para legislar, emitiendo tristes, mediocres e incomprensibles resoluciones, en que por darle la razón a una sola persona, echan por el suelo planes que benefician a toda una población, o grandes casos de corrupción que terminan en nada porque fueron "mal manejados", eso sí, protegiendo con fiereza sus privilegios y los de sus iguales, porque lo importante son los privilegios aunque el país se vaya por la borda.

Pero, ¿existe cura?

Sí, sí existe. La cura está en la educación, sin embargo, todo indica que el mosquito o la bacteria ya infectó el sistema educativo de ese país. Incluso se dice que un alto jerarca del área educativa que le gustaba andar con el cabello largo no sólo fue picado por el mosquito, sino que también se contagió de la bacteria. El antídoto de la enfermedad se ha contaminado tanto, que a los estudiantes de ese pobre país se les enseña a pasar con el mínimo esfuerzo y si este es insuficiente, se baja aún más el nivel de aprendizaje, situación que propicia la expansión de esta epidemia.

Posiblemente estarás pensando ¿pobre país? Te tengo pésimas noticias. Esta epidemia no conoce de fronteras y si quedaste preocupado por lo que pasa en un pequeño país, deberías alarmarte mucho más por lo que sucede a nivel mundial.

¿Cómo?

No, no te voy hablar de cómo se manejan los problemas políticos, económicos, bélicos y religiosos en una y otra región, lo que ya es un claro ejemplo que la epidemia ha contagiado a todos los actores de esos lugares. Te hablaré de uno en particular que afecta a todo el mundo por igual.

Los científicos vienen advirtiendo desde hace tiempo de las terribles consecuencias que se avecinan con el cambio climático o el calentamiento global. No importa cómo se le denomine. Si no cambiamos nuestros hábitos, el mundo sufrirá graves cataclismos por el aumento del nivel de los océanos.

¿Piensas que sus advertencias han sido tomadas en serio?

Aunque no lo creas, sí las han tomado en serio, pero no hacen nada. La inoperancia de los líderes mundiales resulta asombrosa, conducta que sólo resulta explicable por la epidemia. Las medidas que deben de tomar para contrarrestar los daños ambientales, es claro que afectarán la economía y serán de índole impopular y ningún líder desea ser impopular, pues perdería sus privilegios y su poder. Por ello, es mejor no hacer nada, hasta que otros hagan algo, pero esos otros no hacen nada esperando que estos hagan algo. Es posible que en un futuro próximo nos estemos muriendo de hambre, sed y calor, en medio de una alguna terrible guerra, sólo porque alguien se quedó esperando a que otros hicieran algo.

En todo caso, escribo estas palabras antes de que me afecte la epidemia. Nadie está libre de contagiarse, pero busca inmunizarte con la única cura conocida: la fuerza de voluntad. Debo confesarte que a veces tengo temor de estar a punto de enfermarme, pues cuando respeto las señales de tránsito, me siento bastante tonto viendo cómo el resto de las personas simplemente las ignoran o presionan para que las ignore. A veces me pregunto si no seré yo quien está mal, pero no, mantengo firme el pie sobre el pedal del freno, en espera que la luz del semáforo cambie de roja a verde, con la esperanza de que quede algo de cordura en esta civilización.    

###

Otros títulos de Victor Roswell:

El canto de los quetzales 
The Song of the Quetzal
El ocaso del Águila
Carta para...
De Frankenstein a los Estados Unidos de América
El cocinero de Casa Presidencial
La epidemia
Un mal momento
La tumba
Cambio climático. Un reto. Una propuesta radical. Una gran oportunidad. 
La nave espacial
¿Quién será recordado? 
La barca
La Dama Triste