miércoles, 4 de marzo de 2015

La tumba (Relato)


 
Habían transcurrido muchos años desde aquella catástrofe que arrasó con casi toda la humanidad.  ¿Error humano, furia de la naturaleza o un acto de Dios?  Tal vez fue un poco de los tres.  Tanto tiempo había pasado, que de los pocos que quedaron con vida, ninguno sabía con certeza lo que había ocurrido, de hecho casi nadie pensaba en ello, sobrevivir era lo único que ocupaba sus pensamientos.

Era en aquella soledad y desolación donde un viento seco recorría una árida y extensa planicie, levantando grandes polvaredas a su paso, como si buscara algo, tal vez el hermoso y vibrante canto que antaño provocaba al atravesar las copas de los árboles que antes habitaban aquella región; cada especie de árbol, por cuyas ramas se escurría, emitía su propia canción, cuyos tonos eran diferentes según la época del año.  Incluso las pequeñas plantas, y hasta la más insignificante hierba, participaban con suaves sonidos que antes no notaba y que ahora extrañaba con dolor, como si una gran tristeza se hubiera apoderado de él por aquello que había desaparecido, que había sido olvidado. 

Pero ahora no había la menor señal de vida y sólo se escuchaba el triste repiqueteo de las pequeñas piedras que parecían huir a su paso.  Por su parte, las grandes rocas se mantenían orgullosas como desafiando aquel atrevido viento.  De pronto escuchó algo diferente y acudió presuroso al lugar de donde provenía, pero rápidamente se desilusionó y continuó su interminable búsqueda. 

El sonido lo producían las palas de dos hombres que excavaban aquel terreno.  Sacaban tierra de un hueco y la tiraban a un lado, formando un montículo similar a los miles que se extendían alrededor de ellos.

Ambos eran toscos y de vestimenta andrajosa.  Cavaban en silencio, mientras el sol en lo alto calentaba su piel.  De pronto, el más delgado de ellos se detuvo y enderezó su espalda; secó con su sucia mano una gota de sudor que resbalaba por su rostro, pero la nueva mancha ni se notó en su mugrienta piel, que impedía ver que era el más joven de los dos.  Su mirada recorrió aquel campo, para detenerse en el hueco donde se encontraba.  Luego de unos instantes, con la mirada fija en su compañero, que continuaba cavando sin la menor seña de cansancio o queja, le preguntó:

—¿A quién crees que encontraremos hoy?

El otro, sin detenerse ni inmutarse contestó:

—¿Cómo quieres que lo sepa?

—Simplemente me preguntaba a quién encontraríamos hoy.  ¿Qué escoges, hombre o mujer?

—¿Qué importa si es hombre o mujer? 

—Cierto, ¿pero acaso nunca te preguntas quién pudo haber sido?  Tal vez estamos cavando sobre la tumba de alguien muy importante…

—O tal vez fue un desgraciado que pasó por la vida sin pena ni gloria —le interrumpió el otro—.  Murió hace muchísimos años y ya nadie le recuerda.  Lo único que importa es que tenga algo valioso.

—Nuevamente estás en lo cierto, pero no por ello dejo de preguntarme qué fue de la vida de esa persona.  ¿Sería feliz? ¿Tuvo mucho dinero, riquezas, poder? ¿Moriría por causas naturales o en la catástrofe? ¿Conocería el fin de sus días en su juventud o en su ancianidad? ¿Cómo habrá sido cuando niño? ¿Habrá tenido hijos y nietos? ...

El hombre que cavaba detuvo su faena y se enderezó para mirar a su compañero, enterró su pala en la tierra y entre molesto y curioso contestó:

—Hace mucho tiempo dejé de hacerme preguntas a las que no encontraría respuesta, pues la forma de averiguarlo se perdió.  Ahora lo que queda son huesos, excremento de gusano y telas tan carcomidas que ya no se sabe si eran de hombre o mujer…

Su compañero, que pareció no oír parte de lo que dijo, preguntó:

—¿Qué clase de preguntas te hacías?

El hombre más viejo hizo una pausa, como sin saber si continuar con su trabajo o contestarle.  Miró primero el hueco en el que ahora descansaba su pala, luego levantó la vista hacia el campo que se extendía ante ellos y por fin se decidió por lo último, pues así tal vez su compañero lo dejaría cavar en paz.

—Usualmente me hacía las mismas preguntas que tú te haces ahora. Pero también me preguntaba si fue alguien a quien amaron u odiaron; si su vida tuvo sentido o fue de alguna manera como la nuestra; quiénes fueron las personas que le rodearon, si trabajó o vegetó y si creyó o no en Dios.

Ambos hicieron silencio por un momento que sólo fue roto por unas cuantas piedrecillas que se movieron al paso del viento.  Luego el que estaba hablando,  continuó:

—Otras veces simplemente divagaba en cómo se ganó la vida.  Tal vez curaba enfermos, construía casas y edificios,  enseñaba a otros.  Tal vez su campo era el de las leyes —al decir esto escupió al suelo—, hizo grandes negocios, manejó máquinas, conoció de animales y plantas que nosotros no podemos ni imaginar.  Puede que su sabiduría estuviera en observar los cielos...

—...o los mares —siguió su compañero terminando la frase, como si de algún modo pudiera ver lo que le oía decir.  Él otro sonrió, pero su sonrisa apenas fue visible por unos instantes, luego siguió—.  Puede que la música, la pintura o la escultura fueran su pasión o simplemente era el quehacer diario.  De pronto su inclinación fue desentrañar los misterios de la matemática, física y ciencias o simplemente la política —en esta ocasión ambos escupieron en el suelo.

El hombre más robusto miró a su alrededor y dijo:

—Puede que simplemente trabajara en una institución, que mandara o que recibiera órdenes, que pusiera disciplina donde estuviera o...

Iba a agregar algo más, pero de pronto calló.  Su compañero lo miró instándolo a terminar, por lo que concluyó diciendo:

—O que la guerra fuera su forma de vida.

Ambos se miraron e hicieron silencio nuevamente.  El hombre que había hablado tomó su pala y siguió cavando, el otro lo miró e hizo lo mismo.  En eso oyeron como la pala del hombre viejo chocó con algo duro.  Rápidamente la puso en el suelo y con las manos apartó la tierra, de la cual extrajo un cráneo blanco y viejo.  Lo limpió cuidadosamente con la manga de su chaqueta y mirándolo por unos instantes le preguntó entre dientes:

—¿Quién fuiste?

Luego, con mucha delicadeza, lo puso a un lado y ambos continuaron cavando.

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Nunca sabrían aquellos hombres que el cráneo te perteneció a ti que acabas de leer esta historia.


jueves, 1 de enero de 2015

Un mal momento (Relato)



La noche estaba muy oscura. La llovizna había desaparecido dando paso a una fuerte lluvia. Era más difícil conducir y, aunque las luces de la calle alumbraban la carretera, le parecía que estaba prácticamente de color negro, o tal vez era dentro de su mente y de su alma donde residía esa oscuridad, pero no se percataba de ello. Unas lágrimas empezaron a recorrer sus mejillas, pero apenas las notaba.

Comenzó a acelerar su auto. La carretera, de cuatro carriles, dos para entrar a la ciudad y dos para salir de ella separados por un muro de contención al centro, estaba completamente desierta. En ese momento, recorría una recta bastante larga. Los haces de las luces de las lámparas que iluminaban débilmente la vía, comenzaron a caer más rápido sobre su automóvil que seguía aumentando la velocidad, esto lo obligó a guiarse mecánicamente por el muro que dividía la carretera, ya que su mente estaba ocupada con esos tristes pensamientos que absorbían toda su atención.

Lo que lo inspiraba a acelerar no era el afán de peligro y el riesgo de la velocidad que antes buscara, sino el deseo de huir, como si de esa manera pudiera dejar atrás sus pensamientos, pero no servía. Entonces, algo en su interior lo impulsó a terminar con todo. Era una pequeña voz casi imperceptible: le decía que lo que tenía no era vida y la única solución que le quedaba era terminar con ella.

Una leve sonrisa, más parecida a una mueca, se dibujó en su rostro. Sí, debía de terminar con todo, como si de pronto esa fuera la respuesta que tanto buscara. Fue una idea fugaz que cruzaba su mente y lo obligaba acelerar. El vehículo iba cada vez más rápido. Sintió entonces cómo las lágrimas llenaban sus ojos y este hecho lo perturbó, sabía que se estaba compadeciendo de sí mismo; él, que nunca antes había tenido compasión de nadie; él, el gran abogado que siempre había tenido control sobre todo; él, el hombre de negocios al que muchos temían; él, el poderoso hombre que siempre había tenido el mundo en la palma de su mano sentía lástima de sí mismo y esto no lo podía aceptar, por un momento hundió el rostro entre sus brazos y dio rienda suelta al llanto.
 
En ese momento, el automóvil alcanzó una velocidad peligrosa. Levantó la mirada y visualizó de nuevo la carretera y dónde se encontraba; se dio inmediatamente cuenta del riesgo que corría. 
   
Durante un instante por su mente había cruzado la idea de terminar con todo, pero el pensamiento había desaparecido tan rápido como se le había ocurrido. No sabía cómo había llegado a esa situación, pero de lo que sí se daba cuenta era de que si no detenía el vehículo lo antes posible, se iba a matar; así que tomó firmemente el volante, quitó el pie del acelerador, pero no frenó, era peligroso porque la carretera estaba mojada y el automóvil podía derrapar en cualquier dirección. Sin embargo fue una decisión tomada demasiado tarde, porque, en ese preciso momento, la recta sobre la que venía terminaba y comenzaba una curva bastante pronunciada hacia la derecha. Trató de girar el automóvil siguiendo la curvatura de la carretera, pero llevaba demasiada velocidad, lo que lo hacía dirigirse hacia la izquierda, y al no poder evitarlo, instintivamente frenó y perdió todo el control sobre el vehículo, provocó que éste resbalara y chocara directamente contra el muro que lo rechazó con la misma fuerza del impacto recibido y lo envió en dirección contraria.
           
Recibió un fuerte golpe en la cabeza así como en su costado izquierdo, pero no perdió el conocimiento y vio cómo se dirigía en dirección de las barreras de protección que se encontraban en el otro extremo de la vía. Cerró los ojos sujetándose fuertemente del volante. Hubo un nuevo impacto, pero esta vez el vehículo no fue rechazado, sino que atravesó las barreras de metal que se arrugaron como si fueran cartón. Avanzó un par de metros, sintió de pronto como si estuviera en el aire durante un breve lapso y,  por último, un golpe en seco.  

Después de esto, todo se volvió negro.


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viernes, 26 de septiembre de 2014

La epidemia (Relato)

 

Una de las tantas organizaciones de salud que existen, acaba de publicar un informe realmente alarmante: existe una epidemia y pocos parecen darse cuenta de su gravedad.  

Aun no hay seguridad si es producto del mosquito "mentalis atrofius" o de la bacteria "totalis imbecilus". Lo que sí es cierto es que ambos producen los mismos efectos: se pierde la capacidad de comprender y actuar racionalmente, a tal punto que se entra en una especie de locura colectiva, que provoca que la gente actúe a la inversa de lo que la lógica indica.

¿Cómo a la inversa?

Te lo voy a explicar.

En un país de cuyo nombre me acuerdo, pero no quiero mencionar, se ha detectado que la enfermedad está latente en muchas áreas, principalmente en la clase política y judicial. Te contaré de ellas más adelante, pero primero te hablaré con un ejemplo, uno que demuestra que esta epidemia efectivamente existe, uno que es un fiel reflejo de la sociedad del que alguna vez fue un hermoso y pacífico país. Y te cuento de este caso en particular porque produce en promedio una muerte diaria sin distingo de edad, sexo, raza, religión, educación, estrato social, seguidor de equipo de fútbol, color político, etc., incluso familias enteras han fallecido al mismo tiempo por culpa de esta terrible enfermedad.

Se ha detectado que esta epidemia ha infectado a los conductores de vehículos.

¿A los conductores de vehículos?

Así es. Como sabrás, existen leyes de tránsito para ordenar el tráfico vehicular. Pues bien, como mencioné arriba, esta enfermedad provoca que las personas pierdan la capacidad de comprender y más bien conducen en las carreteras como si fuera un campo de batalla. Por ejemplo: una luz roja en el semáforo es señal para detenerse, ¿Cierto? Pues no. En este país puedes observar como irrespetar una luz roja es casi un deporte nacional, con las mortales consecuencias que acarrea tal imprudencia.

Por su parte, los motociclistas andan por el carril contrario como si fuera el propio o sobre la línea en mitad de la calle que divide ambas vías si las presas les impiden lo primero, en ocasiones sin casco, en otras con uno de bicicleta o de baseball.

Aunado a lo anterior, una motocicleta, que es un vehículo diseñado para un máximo de dos personas, se puede encontrar que se montan tres e incluso una cuarta persona si esta es un bebé de días de nacido. 

En lugares dónde se indica que es prohibido virar a la izquierda, la gente pareciera entender que es una obligación girar en esa dirección aunque no tenga necesidad; si hay prohibición de parquearse, se entiende como una señal de estacionamiento, especialmente sobre las aceras; si es prohibido adelantar en curva, es como si fuera el único lugar para rebasar, eso sí, pisando el acelerador al máximo, usualmente en vehículos que no están en regla o modelos viejos. Para agravar lo anterior, todo ello hablando por teléfono, leyendo y enviando mensajes de texto, revisando el último chisme en Facebook o la red social de moda.

Quien escribe estas palabras ha sido testigo de ello y no miente. De hecho no necesito mentir, ya que si eres de ese país o algún día pasas por ahí, con salir a la calle sabrás que mis palabras son ciertas. Eso sí, ¡cuidado de los conductores!, pues el ser testigo de esa epidemia, aunque no te contagie, puede convertirte en una de las tantas fatalidades que sus efectos produce. 

Pero prosigamos.

Sin embargo, esta terrible enfermedad no se restringe únicamente a los conductores. En este país también ha afectado a los órganos encargados de la infraestructura vial. Algunos teorizan que la epidemia agrava la corrupción, otros que la negligencia, y unos cuantos, con los que coincido, que es una nefasta combinación de ambas, que acentúa el egoísmo personal en que no importa pasarle por encima a los demás mientras uno salga beneficiado, sin comprender que toda esta locura se volverá contra nosotros, tal y como ya sucede. ¿Miento? Te daré una pincelada: calles mal hechas, sin demarcaciones, llenas de huecos, con arreglos que no soportan un invierno; urgentes ampliaciones de vías que no se realizan; puentes que duran años en reparar y cuando lo hacen lo hacen mal; despilfarrando grandes cantidades de dinero que el país no tiene, porque eso sí, lo importante es pagar por algo que no sirve.

¿Podrías pensar que al menos esto impide que anden a alta velocidad? Todo lo contrario. A pesar del mal estado de las carreteras, muchas personas piensan que se encuentran en pistas de Fórmula 1 (incluyo los vehículos de transporte pesado), razón por la que en ocasiones se producen accidentes tan violentos que las víctimas quedan irreconocibles.

Aunado a lo anterior, cada día entran al país más y más y más vehículos, que consumen más y más y más combustible, porque es imposible restringir el ingreso, ya que sería violentar la libertad de comercio aunque nos esté matando. Es como si tuvieras un saco en el que metieras piedras sin importarte que se vaya rompiendo, lo único importante es continuar llenando el saco.

Bueno, ya vas entendiendo porqué hay un promedio de una muerte diaria en carreteras. Tal vez para tu sorpresa es que no haya más muertos. Te tengo malas noticias, ese promedio, producto de esta epidemia, va en un aumento.

Ahora bien, como te dije al inicio, la epidemia está presente principalmente en la clase política y judicial. Los encargados de dirigir los destinos del país más parecen conductores en estado de ebriedad y bajo la influencia de alguna droga alucinante que líderes preocupados por los ciudadanos. Los miembros del poder encargado de legislar, como casi nunca lo hacen, se ocupan entonces de juzgar y aquellos encargados de juzgar e interpretar las leyes, más parecen que aprovechan su labor para legislar, emitiendo tristes, mediocres e incomprensibles resoluciones, en que por darle la razón a una sola persona, echan por el suelo planes que benefician a toda una población, o grandes casos de corrupción que terminan en nada porque fueron "mal manejados", eso sí, protegiendo con fiereza sus privilegios y los de sus iguales, porque lo importante son los privilegios aunque el país se vaya por la borda (uso esta palabra para no emplear una más descriptiva y olorosa).

Pero, ¿existe cura?

Sí, sí existe. La cura está en la educación, sin embargo, todo indica que el mosquito o la bacteria ya infectó el sistema educativo de ese país. Incluso se dice que un alto jerarca del área educativa que le gustaba andar con el cabello largo no sólo fue picado por el mosquito, sino que también se contagió de la bacteria. El antídoto de la enfermedad se ha contaminado tanto, que a los estudiantes de ese pobre país se les enseña a pasar con el mínimo esfuerzo y si este es insuficiente, se baja aún más el nivel de aprendizaje, situación que propicia la expansión de esta epidemia.

Posiblemente estarás pensando ¿pobre país? Te tengo pésimas noticias. Esta epidemia no conoce de fronteras y si quedaste preocupado por lo que pasa en un pequeño país, deberías alarmarte mucho más por lo que sucede a nivel mundial.

¿Cómo?

No, no te voy hablar de cómo se manejan los problemas políticos, económicos, bélicos y religiosos en una y otra región, lo que ya es un claro ejemplo que la epidemia ha contagiado a todos los actores de esos lugares. Te hablaré de uno en particular que afecta a todo el mundo por igual.

Los científicos vienen advirtiendo desde hace tiempo de las terribles consecuencias que se avecinan con el cambio climático o el calentamiento global. No importa cómo se le denomine. Si no cambiamos nuestros hábitos, el mundo sufrirá graves cataclismos por el aumento del nivel de los océanos.

¿Piensas que sus advertencias han sido tomadas en serio?

Aunque no lo creas, sí las han tomado en serio, pero no hacen nada. La inoperancia de los líderes mundiales resulta asombrosa, conducta que sólo resulta explicable por la epidemia. Las medidas que deben de tomar para contrarrestar los daños ambientales, es claro que afectarán la economía y serán de índole impopular y ningún líder desea ser impopular, pues perdería sus privilegios y su poder. Por ello, es mejor no hacer nada, hasta que otros hagan algo, pero esos otros no hacen nada esperando que estos hagan algo. Es posible que en un futuro próximo nos estemos muriendo de hambre, sed y calor, en medio de una alguna terrible guerra, sólo porque alguien se quedó esperando a que otros hicieran algo.

En todo caso, escribo estas palabras antes de que me afecte la epidemia. Nadie está libre de contagiarse, pero busca inmunizarte con la única cura conocida: la fuerza de voluntad. Debo confesarte que a veces tengo temor de estar a punto de enfermarme, pues cuando respeto las señales de tránsito, me siento bastante tonto viendo cómo el resto de las personas simplemente las ignoran o presionan para que las ignore. A veces me pregunto si no seré yo quien está mal, pero no, mantengo firme el pie sobre el pedal del freno, en espera que la luz del semáforo cambie de roja a verde, con la esperanza de que quede algo de cordura en esta civilización.    


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Otros títulos de Victor Roswell

















martes, 1 de julio de 2014

El cocinero de Casa Presidencial (Relato)



En la Casa Presidencial de un país de cuyo nombre me acuerdo, pero no quiero mencionar, cada cuatro años nombran un nuevo cocinero. Sí, leíste bien, “cocinero”, siempre se solicita un chef pero al final sólo aparecen cocineros.


Cuando el nuevo cocinero se hace cargo de la cocina, hay muchas expectativas, pues para que le dieran el puesto, prometió que cocinaría los platos más exquisitos y no como el cocinero al que reemplazó, cuyos guisos ya a nadie gustan, caen mal e incluso intoxicaron a varios.


Ahora bien, al entrar en la cocina por primera vez, el nuevo cocinero siempre se topa con una desagradable sorpresa. No, no es que la cocina está sucia, pues bien o mal, él puede limpiarla (lo que por alguna extraña razón nunca hace). El problema está en que debe cocinar usando exactamente los mismos ingredientes que utilizaron los cocineros anteriores y para ser justos, éstos no son de la mejor calidad.


Cuando pide nuevos productos, aparte de una ligera y sarcástica sonrisa, claramente se le indica que no se pueden conseguir, que tiene que preparar la comida con los que hay y entregar los platos que prometió. Ahí es donde comienzan las dificultades, pues resulta que algunos de estos ingredientes están vencidos, podridos o saben mal.


Y ni que hablar de la cocina en general. Los utensilios y enseres que debe usar el cocinero tampoco ayudan mucho. La cocina y el horno tienen una pésima instalación eléctrica, la refrigeradora no enfría y bota agua por todas partes, los cuchillos carecen de filo y los cucharones están herrumbrados y no hay dinero para remplazarlos.


Otro grave inconveniente que se presenta es con los ayudantes de cocina. Muchos de ellos son escogidos por el nuevo cocinero, otros se los recomendaron amigos de sus amigos y algunos estaban con los cocineros anteriores, pero la mayoría son malos, caros y no tienen las habilidades culinarias para preparar los platos que se prometieron. Entonces, el día que hay que preparar una cena de gala, más que apoyar, estos ayudantes lo que hacen es estorbar y criticar la calidad de los platos. Eso sí, todos demandan grandes salarios, incluso mayores que los del cocinero principal, pues se califican mejores que él. Incluso hay algunos que ponen cocina aparte y se consideran a sí mismos el cocinero principal.


Pero hay que ser honestos. Muchos de los problemas son heredados por las pésimas recetas utilizadas por los cocineros anteriores y por ello, hay que decir unas cuantas palabras acerca de ellos. 


Hubo uno medio loco que decidió que no iba a cocinar y eso fue exactamente lo que hizo, no cocinó durante sus cuatro años, sino que los pasó diciendo chistes y contando anécdotas. Dejó que sus ayudantes tomaran la iniciativa y los banquetes fueron un verdadero manicomio. Con decir que sabía mejor la comida chatarra. Fue un verdadero inútil.


Otro estaba más interesado en los platillos a base de paloma y quería hacer todo lo que guisaba con esas aves. Entonces, guisos de paloma iban y guisos de paloma venían. Al final, la mayoría de los comensales quedaron tan empachados que no soportaban ni verlo. Pero a este cocinero en particular no le importaba mucho, pues su ego era bastante grande y se consideraba el mejor de los cocineros que había pasado por ahí (todo lo contrario a la realidad); además, como era tan soberbio y arrogante, estaba más interesado en su imagen, en colgar fotos y placas por todo lado y en agasajar a los críticos culinarios extranjeros que a los nacionales, olvidándose por supuesto de los invitados. Muchos se preguntan cómo fue posible que lo contrataran dos veces.

También estuvo aquel que al terminar su periodo de cuatro años no quería entregar la cocina, otro que a todos sus platos le agregaba algún tipo de licor y por supuesto es inolvidable, el que pensaba que su imagen era lo único que se necesitaba para que la comida supiera bien, sobra decir que era indigesta.


A otros dos les dio por robarse los utensilios de cocina. Que un día una olla, que el otro un tenedor, que el horno, que la batidora. No eran ningunos angelitos. Lo más extraño era que a estos cocineros se les pagaba bastante bien, pero por lo visto consideraban que era insuficiente. Incluso uno de ellos quiso robarse un caldero de muy buena calidad que su papá, quien también había sido cocinero en Casa Presidencial, había logrado traer para cocinar. Es cierto que el caldero ya estaba muy abollado por el mal uso que le habían dado todos los demás cocineros, pero era un caldero irremplazable.


También estuvo el cocinero al que le dio porque no le gustaban ciertos ingredientes debido a que los traían en tren, entonces, decidió que sólo utilizaría aquellos que transportaba otro proveedor, amigo suyo, por carretera. Siguieron siendo de la misma mala calidad, sólo que ahora salían mucho más caros. Este cocinero incluso recibió una donación de ingredientes nuevos, pero estos nunca llegaron a la cocina. Dicen que aprendió esas malas mañas de su papá, que también había sido cocinero.


Ya sé, estás pensando que el problema es que no han llevado una cocinera. Pues no, vieras que en ese aspecto no se ha discriminado. También hubo una cocinera, que al igual que sus antecesores, prometió y habló de manjares sin precedentes, pero al igual que ellos, tuvo que cocinar exactamente con los mismos ingredientes y resultó tan mala o peor que los que estuvieron antes que ella. Sus platillos dejaron un mal sabor de boca: que poca sal, que muy dulces, que mal aderezados, que demasiado condimento, ninguno resultó rico. También tenía un gran problema de ego como el que hacía guisos de paloma (de hecho dejaron de ser amigos porque este último pretendía asesorarla en la cocina y dictar el menú) lo que afectó el sabor de sus platos. Pocas ganas quedaron de volver a contratar una cocinera después de tanta ineptitud. 


Hubo otro, bastante tonto, inútil y hablador, que lo único que le interesaba era tomarse "selfies", disfrazarse de cocinero y saludar gente, por ello se le hizo tarde para su primer platillo, razón por la cual tuvo que usar uno que dejó en el horno la cocinera que anteriormente estaba encargada de la cocina. Pero ya tenía varios días ahí. Por ello, no sólo estaba rancio, sino que todos los comensales dijeron que sabía igual a los que se cocinaban anteriormente. Entonces, para disimular, se le ocurrió un menú exótico para demostrar que era muy moderno y al final sólo consiguió intoxicar a la mayoría de los comensales desde el inicio, pues era una persona muy desaseada. Como era mentiroso, mediocre y deshonesto, por cierto fue así como logró su puesto de cocinero, trató de engañar a todo el mundo usando platillos hechos por sus ayudantes, embusteros como él, pero resultaron igual de asquerosos y malolientes. Al final se descubrió que era un embaucador e inepto que no sabía cocinar.


Pero no, no cometas el error de pensar que el cocinero no tiene culpa alguna. Todos estos cocineros, todos, sabían de antemano la clase de ingredientes y la cocina con que contaban para preparar la comida y ninguno pudo cumplir con el menú que prometió.


En ocasiones estos cocineros han estudiado en el extranjero y tratan de implementar platillos internacionales, pero la mayor parte de las veces son caros y saben mal, además quedan muy crudos o muy quemados, porque se les olvida que las recetas extranjeras son apropiadas para otros climas. De hecho, los pocos platillos que reciben mejor calificación son aquellos que se adaptan al sabor criollo de esta tierra.


No, tampoco cometas el disparate de pensar que hubo una equivocación en la elección del cocinero. Los que no fueron escogidos eran incluso peores. Hubo uno que prometió que cocinaría platos de Rusia, Venezuela y Cuba. Sin embargo, cuando se le preguntó cómo haría para conseguir los ingredientes para esos platillos, no supo que contestar, además, las recetas que tenía para prepararlos ya habían sido degustadas y enfermaron a la mayoría de las personas que las probaron. Había otro que no lo querían ni en el lugar dónde cocinaba anteriormente y también estaban los que ni siquiera sabían qué era una cocina.


La realidad es que cualquier cocinero que llegue a Casa Presidencial tiene que usar los mismos ingredientes que se han usado siempre y para cuando sea su momento, éstos habrán empeorado de calidad.


La ironía con estos cocineros, incluso con los más viejos, es que la mayoría de ellos nunca fueron buenos cocineros ni siquiera en su propia casa. 

Hay gente que afirma que ese puesto tiene una maldición y cada nuevo cocinero será peor que el anterior.